A principios de semana, un pequeño comerciante ocumareño fue asesinado a tiros en horas de la madrugada por desconocidos quienes entraron a su restaurante, lo llamaron por el nombre y seguidamente abrieron fuego sin mayor explicación.
Días después, una situación de rehenes mantuvo en vilo a la opinión pública: tres jóvenes -entre ellos un menor de edad- secuestraron en su propia casa a un transportista, a su esposa y las dos hijas pequeñas de ambos, a cambio de 150 mil bolívares fuertes (150 millones del antiguo bolívar) Los delincuentes, al verse rodeados por la policía, amenazaron con asesinar a la mujer (el transportista había logrado salir de la casa con las niñas, bajo la excusa de ir a conseguir el dinero) Fue tan potencialmente explosiva la situación, que el propio Director Nacional de la Policía Científica se apersonó al lugar, para colaborar con las negociaciones que duraron más de tres horas, al cabo de las cuales se entregaron los secuestradores. Se dice que forman parte de una banda mayor, dedicada al secuestro y la extorsión en los Valles del Tuy. Esto ocurrió en el sector el "Paují", del Municipio Simón Bolívar de Yare.
Un viernes como cualquiera. O al menos eso creíamos. Yo había tomado a buen augurio el nacimiento de una niña en horas de la madrugada; el segundo en dos semanas seguidas. Trabajo de vigilante en un dispensario que se cae a fuer de negligencia y olvido, que posee lo mínimo de lo mínimo para considerarse un centro de salud en condiciones de operatividad. No contamos con un suministro constante de agua potable, ni con plantas auxiliares de electricidad. La red de cloacas, colapsó hace tiempo y ya es cosa de rutina el que buena parte del personal desayune, almuerce o cene con el olor a mierda prendido a las narices. Esto, unido al enorme riesgo que supone el no tener aparatos de aire acondicionado que funcionen (y de funcionar perfectamente, el desbarajuste de luz que sufre Venezuela, los volvería caca en poco tiempo) convierte el dispensario en potencial foco de infecciones. Le ahorro al desocupado lector, detalles sobre ineptitudes y taras mentales de algunos funcionarios que contribuyen al inefable "color local".
Te digo que pensé en un viernes como cualquiera. A eso de las 11am, escuchamos un alboroto y ruido de sirenas. La policía se apareció con un herido de bala. Enseguida, colapsó la emergencia; niños con fiebre alta y problemas respiratorios fueron pasados a otro espacio a fin de evitarles el espectáculo del hombre agonizante. Pese al esfuerzo de la médico de guardia y las enfermeras, el joven falleció por el disparo en el costado. Llegó más policía, en apoyo a la seguridad del dispensario porque el muerto era de San Antonio, uno de los sectores más peligrosos de Yare. Recibí órdenes de cerrar bajo llave todos los accesos al centro de salud. Regañé y discutí con pacientes que deseaban asomarse como fuese a la emergencia: vidas como las de ellos, necesitan de alicientes como ése para tener al menos un tema de conversación durante el día. La familia del joven apareció entre gritos y aullidos desgarradores; las hermanas del muerto golpeaban paredes y ventanas. Volaban los insultos, las groserías y amenazas de venganza. La pobre secretaria de Coordinación, corría de aquí para allá, aterrada: "¡me quiero ir de aquí, señor Omar... me quiero ir de aquí!"

La cosa se "calmó" al rato. Mi compañero de guardia, un evangélico fanático, de ésos que tienen cara de huevón pero que no lo son, me dejó solo en el puesto alegando una diligencia urgente. Yo tendría que arreglármelas cuando llegase la medicatura forense a retirar el cadáver y volviese a estallar el pandemonio, esta vez con más gente llegada de San Antonio y que esperaba frente al dispensario.
El cuerpo sin vida fue movido hacia el angosto corredor que da a la cocina. Para allá iban policías a tomar fotos con sus celulares, como recuerdo del hecho. Las camareras levantaban los brazos con los recipientes de basura, evitando así golpear al cadáver. Como chorreaba mucha sangre, la sra. Elizabeth colocó una cubeta para recoger lo posible y no ensuciar el piso, pero ya la pared -otrora blanca- estaba manchada sin remedio. Yo no quería pasar por ahí, pero un policía sediento me rogó por un vaso de agua. "Sígame", le dije con resignación. No lo pude evitar: la sangre lucía coagulada sobre la camilla metálica, los ojos blancos del cadáver miraban como buscando el punto exacto por donde se le había ido la vida de un soplo. Lo cubrí como pude y fui al baño a lavarme las manos, recogiendo agua con un recipiente de margarina vacío.
Me sentía extraordinariamente cansado cuando salí del dispensario. Con todo, tuve que viajar parado de regreso en la buseta atestada de pasajeros. Iba prácticamente sobre la espalda del chofer.
Cuando vamos por "La Veraniega", sector limítrofe entre Yare y Ocumare del Tuy, en una de las tantas paradas que hacemos, veo que se nos acercan dos muchachos, uno por delante y otro por detrás de la buseta. El chofer comenzó a sudar de los nervios. Al arrancar, el tipo comenta en voz alta que nos les vió buenas intenciones: "o cazaban a alguien para joderlo, o pensaban robar la buseta y se arrepintieron a último momento". Yo me decanto por lo último.
Cuando le comento esto a mi mamá, ella dice que andaban sueltos los diablos. No sé. Pienso que, después de todo, fue buen augurio el que naciera otra bebita el viernes. Así pensáramos que se trataba de un viernes como cualquier otro.